¿Cuántas veces hemos escuchado: “Con este niño no hay quien pueda”, “siempre se sale con la suya”,” cada vez va a peor”?
Todos sabemos que es una cuestión de límites, es decir, de poner límites a los niños, pero… ¿Por qué ocurre esto hoy día?, En realidad,¿ es tan necesario? y si es así ¿cómo se hace? Voy a intentar responder a estas preguntas en este artículo.

¿Por qué ocurre esto hoy día?

Los padres de niños pequeños y sobre todo los de niños no tan pequeños, han recibido una educación más bien inflexible, han escuchado muchas veces eso de “porque lo digo yo”. Era todavía esa época en la que no se podía cuestionar a los padres y se estaba muy lejos de la familia democrática de hoy día. Esta rigidez e inflexibilidad ha llevado a muchos padres a posicionarse, siguiendo la teoría del péndulo, en el otro extremo, creyendo que siendo permisivos iban a criar a sus hijos mucho más felices de lo que ellos fueron.
Y ahí es de donde surge el problema. Los padres siempre hacen lo que creen que es mejor para sus hijos, sin embargo, son numerosas las ocasiones que del modelo rígido se han pasado al permisivo, sin poder acogerse a un modelo intermedio más cercano, flexible pero con normas y límites.

En realidad, ¿es tan necesario?

Los psicólogos sabemos que un niño sin límites no es un niño feliz.
Si un niño está acostumbrado a tener unos límites y unas normas los acepta y los cumple, le sirve como marco de referencia para saber lo que está bien, lo que puede hacer o lo que se espera de él. Además a los padres también les resulta útil puesto que si el niño sobrepasa los límites más de la cuenta, esto les informa de que algo puede estar ocurriendo. Es decir, que el niño saltándose las normas está llamando la atención sobre algo que le está inquietando o haciéndolo pasar mal, bien en el colegio (problemas con otro niño, con una asignatura), bien en casa ( celos con un hermano)…
Por el contrario, si el niño no sabe a qué atenerse, se comportará como un río sin diques, se desbordará , y se encontrará alterado y “portándose mal” sin saber cómo parar.

¿Cómo se ponen límites?

Lo primero que hay que hacer es crear un ambiente “predecible” para el niño, que el niño sepa quién lo recoge del colegio, si ha de recoger su ropa…
En segundo lugar establecer una rutina diaria , imprescindible para contribuir a este ambiente controlable como un horario de comidas, rituales sencillos (cena-dientes-cuento-cama)
Tercero tiene que recibir normas sencillas, claras y concisas así como, saber cuáles son las consecuencias si no las cumple, por ejemplo no podrá ver la tele esa tarde.
Si se le pone un castigo, que sea acorde a lo ocurrido y hacerlo cumplir. Que no se diga por ejemplo: pues no juegas a videojuegos en un mes, porque aparte de resultar excesivo para la mayoría de los casos, es difícil de cumplir. Los niños tienen que percibir a unos padres firmes, pero no rígidos.
Por último, pero muy importante, si el niño se ha saltado las normas o los límites, hay que explicar lo que ha ocurrido, antes de reñir directamente. Si el padre o madre se ha sentido muy enojado y ha sentido que se le sacaba de sus casillas, este no es el momento de reñir, ni de castigar, es el momento de respirar y decirle al niño: Estoy muy enfadado/a, luego hablaremos sobre lo que ha pasado y tomaré una decisión.
Esto que parece sencillo, da la oportunidad al padre a tranquilizarse, tomar el control de la situación , no alterarse y poder explicar al niño qué ha hecho mal y cuáles son las consecuencias, pero en un ambiente en el que lo que prime sea una autoridad amorosa.